Después de la exclusión de las dos primeras RWC por el boicot a los deportes internacionales debido al régimen del apartheid, el debut de Sudáfrica como anfitrión en 1995 brindó uno de los momentos cúlmines del siglo XX.
Sudáfrica fue un país marcado por casi 40 años de apartheid pero, bajo el lema “un equipo, una nación”, emprendió su largo camino hacia la curación de esas heridas a través de un deporte que había sido considerado por mucho tiempo como un juego de gente blanca.
El paso hacia la final había sido relativamente sencillo pero, mientras Sudáfrica y Nueva Zelanda se dirigían al campo Ellis Park, muy pocos de los espectadores que colmaban el estadio y de los millones que miraban el partido por televisión podrían haber previsto lo que iba a suceder.
El encuentro llegó al tiempo suplementario con Andrew Merthens y Joel Stransky marcando un penal cada uno antes de que éste último convirtiera el drop que dejaba el marcador 15 a 12 a favor de Sudáfrica para el deleite de la gran mayoría de los 62.500 espectadores.
Sin embargo, no es de rugby de lo que todavía se está hablando hasta la actualidad. Tampoco será ese partido el tema de conversación de los próximos meses, años o incluso décadas. Porque ese día el deporte se hizo a un lado para dejarle el lugar a un hombre increíble y a una historia de esperanza, honestidad y humildad.
La aparición de un frágil hombre negro de 76 años vistiendo la una vez odiada camiseta de los Springboks con el número del capitán blanco Francois Pienaar en la espalda quedará grabada por siempre en la memoria.
Nelson Mandela, el Presidente de Sudáfrica que había pasado 26 años como preso político en Robben Island antes de su liberación en febrero de 1990, saludó a la multitud antes de entregarle la preciada Copa Webb Ellis a Pienaar diciendo “Francois quiero darle las gracias por lo que ha hecho por el país.”
Pienaar simplemente respondió “Señor Presidente, yo quiero darle las gracias a usted por lo que ha hecho.”